jueves, 2 de septiembre de 2010

La pluma estalla en su tinta dorada...

Efraín Bartolomé y su mirada felina

Tomado del sitio Leteo

por: Víctor García Vázquez*

Antes de leerla, conocí la poesía de Efraín Bartolomé en su propia voz, hace 12 años, cuando vino a dar un recital a Puebla. La vieja casona de las bóvedas se estremeció cuando el poeta comenzó a leer en voz alta recorriendo los estrechos espacios entre el público; con cada verso iluminaba el rostro aturdido del auditorio; de los gruesos y húmedos muros rebotaban sus palabras cargadas de fertilidad, sonoridad y tersas emociones. Como un sacerdote oficiando, el poeta nos sumergió en una atmósfera sagrada de la cual pocos salimos ilesos. En medio de ese edificio colonial, cayó una llovizna ámbar que fertilizó mi inquietud por la poesía. Desde esa tarde, en el limo de mi memoria aun se mantienen frescos los versos de “Vuelo y celebración de la ceiba madre”:

Una tersa mañana de raíces bajo el día incendiándose
La pluma estalla en su tinta dorada:
con luz escribo:
..........con la esencia del día

Recuerdo bien que la madera de las sillas, las puertas y las vigas crujía lamentándose por la caída de la Ceiba de Tecpatán y toda la fauna que se perdió con la muerte de la Gran Madre. Como pocas veces, tuve la certeza de que estaba frente a un colosal poeta; frente a una voz que no era producto de los talleres ni de la academia, sino de una profunda sensibilidad cultivada en la selva, pero bruñida por un fino oído que no se permite falsos trucos y con una audaz mirada que sabe dar certera con la imagen.

Aquel inicial asombro fue creciendo de manera desmedida con la lectura de cada uno de sus libros. Me cuesta trabajo decidirme por mi libro favorito, pero siento un especial aprecio por Ojo de jaguar.

No está de más decirlo: Ojo de jaguar es ya un clásico de la poesía mexicana. Desde su primera aparición mostró a un poeta plenamente convencido de sus recursos, con una brillante madurez de su intelecto y sus emociones; con total dominio de sus recursos estéticos y que no se esforzaba en inventar los temas sino sólo los recolectaba de sus inmensos paisajes de la infancia. En una época en que la poesía empezaba a sumirse en un tono artificioso y a expresarse con trillados juegos verbales, irrumpe la voz de Bartolomé para mostrarnos una fuerza que nos causa terror y nos seduce.

En las últimas décadas del siglo pasado, una de las tendencias de la poesía mexicana era el seudocosmopolitismo: hablar de las ciudades europeas donde llevan las becas o los congresos; ponerle nombres exóticos al referente poético para que el lector crea que el poeta conoce el mundo y domina muchas lenguas; crear imágenes y metáforas a partir de un catálogo del arte de vanguardia, etc. En suma, los poetas no querían quedarse atrás de los novelistas; si éstos ubicaban sus historias en ciudades lejanas y exóticas, por qué ellos debían seguir habitando la aldea: los poetas también querías ser posmodernos.


Efraín Bartolomé, en cambio, entona su canto desde la selva del sur. A la exquisita sala de la poesía, irrumpe este poeta chiapaneco con sus jaguares hambrientos, sus ruidosos saraguatos, sus ríos turbulentos y lodosos, sus bestias mitológicas, su música de machetes que cortan la transparencia y todo lo demás que ruge, brama y aúlla en el monte.

Como si fuera una Ceiba, en las potentes ramas de los poemas de Bartolomé sale y se pone el sol dejando terribles manchas de oscuridad.

Su ojo de felino multiplica la belleza del paisaje y actualiza un referente poético que ya se consideraba en peligro de extinción; no me refiero solo a la selva sino sobre todo a los sentimientos altos y verdaderos.

Ojo de jaguar es el códice poético de la Lacandonia; y bien puede leerse como un libro cosmogónico que nos habla del advenimiento de una nueva edad. En ésta, el hombre ya no se vale de los recursos naturales para el progreso sino que se hermana con la flora y la fauna. En cada uno de los elementos naturales reconoce la esencia de su ser. De tal manera que más que remitirnos a la naturaleza viva, el poeta nos empuja a la contemplación de la interioridad humana: esa otra selva habitada por fieras salvajes, Sombrerones y Cadejos, árboles milenarios, aguas profundas y lodosas y un alto sol que todo lo ilumina. Como entre los olmecas y los mayas, en esta obra, el gran Dios, el terrible, silencioso y soberano sigue siendo el jaguar. Éste presta su mirada para que el poeta vaya develando la esencia de los seres y las cosas.

En cada edición he visto crecer este libro; en la más reciente aparecida bajo el sello de Monte Carmelo, el poeta ha injertado poemas que no aparecían en las 5 ediciones anteriores, pero que se adaptan de manera tan natural como lo haría un organismo vivo. Las 8 partes que ahora lo conforman reconstruyen la historia individual del poeta que es, a su vez, la historia de su pueblo, el valle de Ocosingo, Lugar de los Ocotes donde vigila el Señor Negro.


No son muchos los libros de poemas contemporáneos que soportan una segunda lectura. Ojo de jaguar, en cambio, es un libro que nos obliga a releerlo constantemente; pues posee la intrigante belleza de los libros sagrados heredados por nuestras culturas ancestrales.

A los 25 años de su primera publicación, este poemario es uno de los más vitales escritos en toda la literatura hispanoamericana.

No me gustaría terminar sin antes hacer una ingenua pero sincera afirmación, gozar de la poesía de Efraín Bartolomé siempre será un acto que requiere de cautela; en sus versos hay un exceso de oxígeno que podría cortarnos la respiración.

*(Escuintla Chiapas, 1975). Poeta y ensayista. Estudió la Licenciatura en Lingüística y Literatura Hispánica y la Maestría en Literatura Mexicana. Ha publicado varios libros, entre ellos: Mujer de niebla (Premio Nacional de Ensayo 2001); Raíces de tempestad, (Editorial Daga, 2001); Tejidos, Lunarena-BUAP (2003); y seis libros de texto. Publica crítica literaria en diversas revistas y periódicos nacionales. Tiene una columna de comentario literario en el periódico Síntesis. Su obra poética aparece en varias revistas y antologías del país. Ha impartido talleres de poesía en Tlaxcala, en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla y en el TEC de Monterrey.

2 comentarios:

José María Banús dijo...

Interesante blog. Enhorabuena.

Miguel de Soyaló dijo...

Fernando:

Disfruté mucho tu texto, y comparto la admiración por nuestro paisano, aunque tristemente no cuento con la dicha de haber escuchado el estruendo de su recitación.
Te recuerdo que Efraín Bartolomé también es Psicólogo.

Un saludo hasta allá.

Miguel Martínez

Artes poéticas

Revista La Otra