viernes, 20 de agosto de 2010

Ma. Ángeles Pérez López





bio-bliografía

(Valladolid, 1967). Poeta y profesora de Literatura Hispanoamericana en la Universidad de Salamanca. Ha publicado los libros Tratado sobre la geografía del desastre (México, UAM, 1997), La sola materia (Premio Tardor, Alicante, Aguaclara, 1998), Carnalidad del frío (XVIII Premio de Poesía “Ciudad de Badajoz”, Sevilla, Algaida, 2000), La ausente (Cáceres, Diputación / Institución Cultural “El Brocense”, 2004) y las antologías Libro del arrebato (Plasencia, Alcancía, 2005) y Materia reservada (antología seleccionada por Luis Enrique Belmonte, Caracas, El perro y la rana, Publicaciones del Ministerio de Cultura de Venezuela, 2007). También ha publicado las plaquettes El ángel de la ira (Zamora, Lucerna, 1999) y Pasión vertical (Barcelona, Cafè Central, 2007). Está en prensa su antología Memorial de las ballenas (La Habana, Torre de Letras, 2009). Ha sido jurado de varios premios literarios y en 2007 fue jurado del Premio “Miguel de Cervantes”.



poética

“Relámpago”


Cómo volver a escribir sobre lo mismo

si todas las palabras que articulo
desde el alveólo azul de los quebrantos
están viejas, podridas, polvorientas,
se anudan a su propio pañuelo enmohecido
y se ocultan, oscuras e imposibles,
llagadas por el tiempo de la herida,
desde entonces tan torpes, imperfectas.

Porque busco otra cosa y no la encuentro,
un verbo luminoso para quemar la tarde,
que de pronto sea todo insensato amarillo,
que venga nuestra gente en la luz incendiada,
en la espita feliz de todas las burbujas
subiendo como locas, divertidas,
a respirar septiembre que es un nombre insensible
y no sabe que guarda el hueco de la pérdida,
que venga nuestra gente y que se quede
a merendar un sol como un relámpago
duradero, eso sí,
que sea duradero.

Sobre todo que sea duradero.



poemas

Dos piernas, dos rodillas, dos tobillos,
los dedos diminutos de los pies
que son tan parecidos unos a otros
y suman sus falanges en parejas,
los huesos semejantes, sucedidos
y su contaduría vertebral
para escribir el peso o el fulgor
son nómina y carbón en papel copia,
perfecta simetría con que el cuerpo
busca no estar tan solo y se consuela
del lunes y su abrazo envenenado.
Por eso se acompasa en paridad,
escruta sus meninges, sus alardes,
su tiempo entristecido y concluyente
y cuenta sus costillas mientras gime,
porque es inmensa la llanura sola
y el sol está tan lejos como el mar.
El día en que nos faltan los afectos,
palabras olvidadas como trébede,
justicia, lapicera o resplandor,
cuando estalla la flor de la torpeza
y aroma los manzanos al troncharse,
el cuerpo se conforma como puede,
busca su concordancia, su acomodo
para la ley de las compensaciones
y balancea su peso duplicado
por el estrecho beso de lo dual.
Tan sólo los impares desiguales
-el sexo, el corazón o la cabeza-
revientan en su plomo solitario,
reclaman con ardor para la sed
y exigen de algún modo compañía,
un canto en que se enreden otras voces
haciendo más liviano el universo.

(de La ausente, Cáceres, Diputación/ Institución Cultural “El Brocense”, 2004)




La bañera imagina, ilusionada,
la presencia del pie, la de los brazos
admirables, redondos para el beso
de la piel que los cubre y acaricia,
de las piernas cansadas y felices
por el champú o el gel enjabonando
la orilla corporal de lo que somos.

La bañera imagina, desconchada,
el cauce de los ríos en invierno,
atrapados en lodo, en la corriente
que destaza los álamos, los chopos,
la aterida ribera del ciprés,
y siente el placer pequeño y envidiable
de su propia tibieza, su perfume,
del vaho contra el cristal, contra la puerta
jugando a dibujar los emblemas del cuerpo,
su existencia desnuda, la representación.

Mientras en casa la atmósfera caldea
el silencio interior y abandonado
a la espuma, a la insistencia de la esponja
y del chorro de agua indispensable,
la poza de los ríos, litoral,
aguarda solitaria la crecida
del hombre y su figura en el verano,
luminoso al desarrollo del calor
o de la prisa
con que mueve la sangre el remolino
que remonta del cuerpo, del caudal,
de su disposición para el deseo.

(de La sola materia, Premio Tardor, Alicante, Aguaclara, 1998)


Besémonos, cordero, flor de lana,
hagamos, deshagamos la madeja
que va de ombligo a ombligo hasta el comienzo
redondo y empapado de mi vientre,
juguemos a tocarnos como niños.
Prometo no gritar si me embadurnas
la cara y los pezones con el barro
que excretas y alimentas y enrojeces.
No diré que te temo si te escucho
llamarme con voz ronca e imposible
en lengua parecida al esperanto,
no estaré sorprendida de belleza
si te veo tan hermoso cada vez,
haré como si no te conociese,
descubrámonos juntos, iniciemos
el viaje por la noche y sus contornos.
Podemos dibujar sobre la espalda
el mapa del deseo en signos chinos,
que sea la saliva nuestra tinta
para atraer de nuevo a las mareas.
Soñemos sueños de cartografía
orgánica y corpórea en el deshielo.

(de Carnalidad del frío, XVIII Premio de Poesía Ciudad de Badajoz, Sevilla, Algaida, 2000)


Hay días en que la luz querría borrar
el signo de la sangre cotidiana
un viernes cualquiera de ceniza
en que un barrendero recoge una paloma
que está muerta en la calle,
caída sobre sí.
No le tiembla la mano
al empujar el cuerpo y su perfume
con preciso
inquebrantable movimiento de muñeca,
y yo miro temblando el gesto elemental
de arrastrar, de alejar lo carnal si no lo es,
si perdió la preciosa trabazón con el pálpito,
su atadura solemne con la vida.
Mientras cae a su muerte yo miro esa paloma
alejada de sí, oscurecida
por el tiempo en que deja el hueco de la especie,
aterida en el suelo de cemento,
su corazón profundo, tan tempestuosa-
mente animal como el mío, tan innoble.

El día trae la marca de su herida.

(de El ángel de la ira, Zamora, Lucerna, 1999)


Para Ana Orantes, a quien su exmarido prendió fuego
un 17 de diciembre de 1997.

La mirada insolente
es una forma aguda como un clavo en la tierra,
contiene una porción horrible de sí misma
y apenas imagina
la depauperada humillación de estar
como si no,
del cuerpo que se arruga
y se encoge en su nudo primerizo
volviéndose ceniza, haciéndose invisible
materia degradada por el odio,
la paja que se prende con blandura.

La mirada insolente
acompaña a la mano, a la pierna insolentes
para apresar el cuerpo con el garfio del miedo,
con cuerdas y cordeles y sogas y correas
de miedo, y aún más miedo
porque ella está tan sola y ya vencida,
herida de la queja y azotada
con el tizón de espanto que lleva el que es su ángel
del mal o de la ira.

La violencia insolente
hace temblar los márgenes del cuerpo
y en su lenta combustión como de encina
la tinta de las venas escribe ese calvario
cuando era profanado el templo de la carne
y en el aire se anotan garabatos, graffitis
con la voz enfangada y sucia de ese grito
que calcina los labios, las cuerdas de la boca,
“porque yo no sabía hablar
porque yo era analfabeta
porque yo era un bulto
porque yo no valía un duro”.

Oh cuerpo de papel para la hoguera.

(de El ángel de la ira, Zamora, Lucerna, 1999)

Artes poéticas

Revista La Otra