domingo, 8 de febrero de 2009

colaboraciones / Efraín Bartolomé en San Cristóbal


Casas de mi lugar que tienden a desaparecer; raras casas que aún suelo yo encontrar.*

Es de ver
La amplitud de los patios empedrados,
El brocal con arcadas de ladrillo,
Los arriates adosados a los muros
(altos muros patinados y sin brillo)
Y la parra que se afianza entre sus grietas,
Y macetas, y macetas, y macetas…


Mutatis mutandis estos son los versos que vienen a mi cabeza cuando pienso en San Cristóbal. Son versos de Campanas de la tarde, aquel libro memorable del poeta jalisciense Francisco González León.

Casas que mis ojos vieron en
Tardes de beatitud
en que hasta el libro se olvida
porque el alma está diluida
en un vaso de quietud.


Tardes en que están dormidos todos los ruidos y en que me da por tocar con mi dedo la memoria: Conozco a César Aceves desde un día bienaventurado en que nos topamos en la ya desaparecida "Librería de Cristal" de la Ciudad de México, aquella que estaba emplazada en La Pérgola, a un costado del Palacio de Bellas Artes, y que atravesaba la Alameda Central desde la Avenida Juárez hasta la Avenida Hidalgo. Yo tenía 19 o 20 años y soñaba con merecer algún día el título de poeta y era, por eso era un lector desaforado.

Conseguía libros donde se pudiera y las viejas librerías de la Avenida Hidalgo eran una tentación irresistible. De ahí venía el día aquel en que casi me topé con Mario Martínez Gordillo (a) El Santo. Mario era estudiante de Química en la UNAM y era mi ex condiscípulo de La Prevo de San Cristóbal. No lo vi por toda la Prepa y fue un gusto encontrármelo aquella noche, acompañado de dos jóvenes que yo no conocía y que también eran chiapanecos: uno de ellos era César Aceves.

Nos presentamos, decidimos tomarnos un café para conversar un rato más y, producto de esa conversación, esa noche fraguamos que podríamos rentar un departamento entre todos y comenzar una vida estudiantil independiente, lejos de la mirada vigilante de los familiares en cuyas casas vivíamos tres de aquel grupito de cuatro.

Así lo hicimos y no es este el lugar para contar las innumerables aventuras y peripecias que pasamos compartiendo aquella buhardilla de la Avenida Isabel la Católica, en pleno centro de la ciudad. Era un antiguo palacio convertido para entonces en vecindad de renta congelada donde una señora de Catemaco, experta en las artes de la brujería, nos rentaba una recámara con tapanco donde nos acomodábamos cuatro, cinco y hasta seis jóvenes chiapanecos, estudiantes de carreras diversas.

Juntos nos pasamos después a un departamento más grande de la Calzada de Tlalpan, donde avanzamos en nuestras respectivas carreras y fundamos el Círculo Literario "Los Monopantos", un grupo de lectores voraces y de críticos aguerridos que pretendían formarse como escritores. Dije que no era este el lugar para contar las peripecias de aquella época y trataré de cumplir. Lo que sí tiene sentido contar aquí es que la amistad entre César y yo se fue fraguando sólidamente y pasó múltiples pruebas. Así fue hasta que yo terminé la carrera y comencé la práctica profesional de la psicoterapia. Las distintas ocupaciones nos fueron aislando en ciertas épocas y nos fueron acercando en otras. César y yo mantuvimos el contacto y no tengo muy claro si fue en México o en San Cristóbal donde conocí a su familia.

Lo que sí tengo claro es que me genera un gran orgullo contar ante ustedes que yo conocí esta casa en su estado original, y me senté a la mesa original en la cocina original de doña Celia, la madre de mi amigo, que nos honró con su cariño, a mí y a mi familia, tanto aquí como en la ciudad de México.

Era doña Celia una perfecta señora coleta de las de antes: la encarnación viva del amor maternal y una alquimista conocedora de todos los misterios para fraguar delicias en su atanor magnífico. En esta casa probé viandas y licores diversos surgidos de las sabias manos y el fogón mágico de doña Celia y es por ello absolutamente merecido que el comedor de este Mesón lleve su nombre con el cariñoso diminutivo familiar: el Comedor Celita.

A lo largo de nuestra hermandad, César y yo hemos perdido seres amados y nos hemos acompañado en el dolor. También nos hemos acompañado en la realización de nuestras potencialidades. Desde que comencé a publicar libros y a obtener reconocimientos en el mundo de la Poesía mexicana, César ha estado siempre presente y es uno de los más completos coleccionistas de mis libros.

Yo lo he seguido también en sus conquistas profesionales, vitales, espirituales, entre las que El Mesón de la Cofradía es una de las más altas. Por eso me enorgullece tanto estar aquí.

Desde que supimos de El Mesón de la Cofradía, más sueño que proyecto en sus inicios, hemos seguido paso a paso sus avances: hemos visto a César soñar, planear, elegir, sopesar, decidir, realizar.

Ha elegido con cuidado sumo desde las sábanas hasta la vajilla, desde las toallas hasta las esculturas, desde los frutos hasta los vitroleros, desde las copas hasta los nobles vinos que ofrecerá a los cofrades.

Salvó la vieja casa de sus padres, la retocó y acentuó sus virtudes, la equipó con las modernas maravillas de la tecnología, la decoró y la pulió hasta plantarla ante nuestros ojos con esta dimensión humana, con esta exquisitez, con esta buena factura, con este toque de confort físico y de refinamiento espiritual.

Toda casa es femenina: es refugio, es regazo, es protección es seno maternal. Pero también es amante: en la casa se encuentran la Tierra y el Cielo. La casa es el centro del mundo y es la imagen del universo. “Amé cuanto ellas puedan tener de hospitalario..." dijo el poeta. Por su condición femenina, amante y maternal, todo me indica que El Mesón de la Cofradía será uno de los sitios más atractivos y hospitalarios de San Cristóbal. Ya soñamos, ya queremos y ya soñaremos con "un vaso de bon vino" y las delicias preparadas por el gusto, la mano y la nobleza de nuestro bien nacido anfitrión: mi hermano el Chef César Augusto Aceves Hernández.

El tiempo pasará y pasaremos nosotros. Pero antes de que eso pase hemos de pasar aquí ciertas tardes de las que ya tengo nostalgia:

Tardes en que está la puerta
de la casa bien cerrada
y la del alma está abierta…

Tardes en que la veleta
quieta en la torre no gira
y en parálisis se entume,
y en que el silencio se aspira
íntegro como un perfume.


Que El Mesón de la Cofradía se afiance en sus propósitos bajo el amparo del San Cristobalón que lo mira desde su afamado cerrito. Que el mal de ojo, las envidias, las malas lenguas, las bajas pasiones y los obstáculos en general, sean cortados y vencidos por la espada inmisericorde del San Miguel que relumbra y deslumbra desde el muro.

Por todo ello, querido César, queridos amigos presentes, los invito a responder, con todo su entusiasmo, a la arenga que sigue:

¡Viva El Mesón de la Cofradía!
¡Viva El Mesón de la Cofradía!
¡Viva El Mesón de la Cofradía!


Ahora sí, es tiempo de que alcemos nuestra copa y digamos, ¡Salud!


..................................................Efraín Bartolomé


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Discurso pronunciado y escrito por Efraín Bartolomé para la inauguración del Hotel-Boutique "Mesón de la Cofradía" [San Cristóbal de las Casas, Chiapas, México. (Diciembre/2008)]. Agradecemos a Jordana Amarantha y Raúl Vázquez por esta amable colaboración.

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